BUM! La onda expansiva le pilló desprevenido, y todo a su
alrededor empezó a tambalearse siguiendo un efecto circular perfecto, como
cuando una gota cae sobre la fría superficie de un lago. BUM! Y la ola empezó a
arrasarlo todo, sus defensas, las murallas, el malecón de su puerto. El viento
huracanado lo levantó bruscamente del suelo, volándole también las ideas,
sintió que ya no tocaba tierra y que perdía el equilibro, sus pies no estaban
ya sobre algo firme. BUM! Y el fuego le recorrió por dentro, quemándole los
pulmones, cortándole de golpe la respiración, consumiéndole lento.
BUM! Parpadeando, confuso y desorientado, miró esos ojos negros,
intentando fijar la mirada, intentando descifrar las imágenes con que le
bombardeaban. En un instante se vio caer a un pozo profundo, con sus manos y
sus pies rodeados de grilletes, intentando escalar la pared hacia el diminuto
punto de luz que atisbaba arriba. Pero cada vez que subía uno o dos metros, sus
manos resbalaban en la fría piedra. Intentaba gritar pidiendo auxilio, pero
cada vez que abría la boca de su garganta no salía más que un imperceptible
gemido. Y un chorro de agua iba cayendo, llegando
lentamente al cuello, ahogándole, haciéndole tragar agua.
Intentaba correr, pero cada vez que levantaba una pierna ésta
pesaba más y más, como si estuviese hecha de plomo. Cuanto más rápido quería
correr, más rezagado se iba quedando. Algo le perseguía, no sabía qué, no lo
veía, pero podía sentir su aliento en la nuca. Y sus piernas no le respondían,
cada vez iba perdiendo más velocidad, y desesperado se tiraba al suelo hincando
los nudillos, las uñas, en la tierra del suelo, arrancando trozos de hierba,
intentando impulsarse hacia delante.
BUM! Esos ojos negros otra vez, ese torbellino de ideas. Esta vez
una suave brisa le revolvía los cabellos. El sonido de las olas le mecía, y un
sol brillante lucía en lo más alto del cielo. La arena fina de una playa se
escapaba entre los dedos de sus pies. Con los ojos cerrados, sintiendo cómo el
calor le iba llenando por dentro, oía las hojas de las palmeras moviéndose al
son del viento.
En una pradera corría descalzo, y de improviso los ojos negros,
otra vez, se acercaban corriendo a él, y riendo le empujaban hacia el suelo,
rodando cuesta abajo, enredándose, rebozándose con la hierba húmeda, desafiando
toda lógica de gravedad, volando muy alto. Con los brazos extendidos podía sentir
el viento en la cara, sentía la vida correr por sus entrañas, una extraña
alegría le inundaba el pecho.
BUM! Otra vez esa onda expansiva, precipitándole rápidamente hacia
el suelo, condenándole a estrellarse, si no hacía algo de inmediato. Suspendido
un momento en el aire vio dos caminos: sabía que uno le llevaría a un lugar
oscuro, a una fría mazmorra con grilletes de donde no podría escapar; el otro
sin embargo prometía libertad, luz, calor, volar, felicidad. Pero no sabía cuál
era cuál. Ante él los ojos negros, otra vez, sonreían y le hacían señas para
que le siguiese.
BUM! El miedo volvió a invadirle, como una enfermedad que
lentamente se adueña de todo el cuerpo, dejándole casi sin respirar,
inmovilizándole entero. Muerto de miedo miraba esos ojos negros: ¿debería
confiar en ellos, dejarse guiar ciegamente, poniendo en sus manos la vida?
BUM! Caída libre, salto sin cuerda, el aturdimiento de verse
sacudido de un lado para el otro, precipitarse hacia algún sitio, cada vez más
rápido.
SILENCIO… Volviendo a la realidad, esos ojos negros, fijos en sus
propios ojos… Y él aturdido:
- ¿Perdona, qué has dicho?
Una sonrisa, un cálido aliento:
- Que te quiero.
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