martes, 29 de noviembre de 2011

La huida


     Hay veces que me canso de la gran ciudad, de sus ruidos, sus luces, sus prisas. Me canso de las citas y los viajes perfectamente planeados, minuto a minuto, metro a metro, sin dejar nada al azar. Me canso hasta de la gente que conozco, que me rodea, de sus rutinas, sus mismas expresiones y sus mismas palabras. Me canso de las obligaciones que nos hacen arrastrar el alma y nuestro cuerpo a duras penas. De repente me canso de todo. Es como si un ruido atronador llenase mi cabeza, impidiéndome pensar, mirar de cerca las cosas.

     Entonces necesito saltar por el suelo descalza, deslizándome en mis calcetines, ir después a cámara muy lenta, abriendo mucho los ojos para ver todo de cerca, sentarme en el suelo y taparme los oídos mientras cierro fuerte los ojos, con las piernas encogidas, para hacer que todo a mi alrededor desaparezca.

     Uno de esos días llenos de sirenas, cláxones, flashes y olor a bocata de calamares mezclado con azufre de los coches, me gustaría simplemente cogerte de la mano, arrastrarte hasta mi habitación, tumbarnos en el suelo boca abajo, con las piernas dobladas hacia arriba, la barbilla apoyada en las manos, y coger un mapa de carreteras. Y nos cogeríamos la mano, cerraríamos los ojos y, a la de tres, dejaríamos caer el dedo sobre un punto cualquiera de ese mapa de carreteras. Sería un punto anónimo, un sitio perdido de los campos de Castilla a los que cantaba Machado, de su estepa, de las miles de sierras y cordilleras de su geografía.

     Y sin más dilación correríamos al coche, arrancaríamos y, sin mirar atrás, pondríamos rumbo a ese punto desconocido que el destino o tu dedo han elegido hoy. Pondríamos una cinta de cassette donde sonarían los versos de Silvio Rodríguez, Sabina o Pablo Milanés, mientras buscamos la carretera más pequeña y pedregosa para llegar a nuestro destino, intentando salir de la tumba de cemento de la autopista, peleando por ver quién mira el mapa mientras me repites que mire hacia la carretera.

     Y tras alguna hora de camino, entre canciones, risas y parándonos siempre que algo del paisaje nos llama la atención (lo importante no es el destino, sino el camino), llegaríamos a un pueblecito pequeño. Tan pequeños que, al llegar a la plaza, los ancianos sentados con sus bastones en los bancos se volverían a mirar, a ver quiénes son los extraños que hoy han roto la rutina de ese pueblo olvidado. Seguro que hace frío, o al menos ese aire fresco y puro que te llena cuando sales de una ciudad, cuando todo a tu alrededor son campos, ríos y piedras. Y respirando profundo, corriendo cogidos de la mano, nos tiraríamos por el suelo rodando cuesta abajo, sin parar de reír.

     Seguro que alrededor hay alguna casa medio en ruinas, de esas que han quedado olvidadas por gente que fue a buscar suerte a la gran ciudad y que quedaron atrapados por la marea de gente que corría de un lado a otro y por todos esos carteles de propaganda fluorescentes. También habrá alguna vaca u oveja, solitaria, último testigo de otros tiempos donde el día a día giraba en torno a ellas. Y los campos, alguno labrado y otro medio olvidado y lleno de hierbas, tendrán todavía el rocío de la mañana, desperezándose tranquilamente en el silencio que les rodea.

     Después de un paseo, de respirar un aire limpio de prisas, competitividad y desgana, nos dirigiremos al único bar del pueblo, ese donde los mayores quedan cada día a la misma hora para su vermú, su partida de brisca y comentar historias de otros tiempos. Allí entraremos, frotándonos las manos para entrar en calor, con la nariz roja del fresco de la mañana, y pediremos un café muy muy caliente, que nos beberemos poco a poco, mientras entramos en calor. Y quizás entablaremos conversación con algún aldeano, de esos que siempre están dispuestos a echar un vistazo al pasado y recordar tiempos mejores, cuando los jóvenes llenaban la plaza del pueblo con sus risas y sus bailes en un día de feria. O quizás no se acerque nadie a hablarnos, y seamos entonces nosotros quien inventemos esas historias. Y el tiempo se pasará volando, y casi sin darnos cuenta el sol empezará a ponerse tras el pico de una montaña o las puntas doradas de los campos de trigo, dejando al pueblo en sombras.

     Será ése el momento de partir, de volver de camino al coche, esta vez cogiendo la gran carretera para no retrasarnos demasiado, con una suave música de fondo o incluso sin música, cansados, felices, sonriendo. Y llegaremos a la misma ciudad que dejamos por la mañana, esta vez a oscuras y con las farolas encendidas, pero con las mismas prisas, el mismo ir y venir incesante, la gente caminando sin ver, teniendo la cabeza en otra parte.

     Y nadie que nos mire adivinará qué nos ha pasado, seremos unos transeúntes más perdidos en una calle más de la gran ciudad, quizás alguien se gire sorprendido a mirarnos cuando choque con nosotros y vea que estamos quietos, parados, sonriendo en medio de la calle, sin importarnos lo que nos rodea. Nadie sabrá quiénes somos, qué hemos hecho ni donde hemos estado. Pero dentro de nosotros seguirá sonando el murmullo de un arroyo, seguiremos oliendo la leña quemada y el pan recién hecho, seguiremos sintiendo el aire frío revolviéndonos el pelo.

     Nos despediremos, listos para volver a empezar al día siguiente con las mismas prisas y el mismo sinsentido. Volveremos a madrugar, mojando las prisas en el café, corriendo a hacer lo que nos mandan, que se hace tarde. Volveremos a ser dos extraños prisioneros de la gran ciudad. Pero nadie podrá robarnos nuestro pequeño día de libertad, nuestro pequeño gesto de rebelión, nuestra huida hacia un paraíso lejano, no sólo en el espacio, sino también en el tiempo. Y ese tiempo, ése será sólo nuestro.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Historia de un disco


     Un sólo disco, 16 canciones. 16 pedazos de algo, no sé qué, pero algo. Una canción puede ser muchas cosas a la vez, muchas canciones: es la canción que escribió el propio autor, y es diferente de la que tú escuchaste y se metió entre tus ideas, y a su vez es diferente a la que yo escucho y de la que trato de adivinar qué pasaba por la cabeza del músico cuando la compuso, y por la tuya cuando se deslizó en tus oídos.

     Como muchas cosas últimamente en mi vida, al empezar a escuchar el disco se abre una puerta más a un mundo desconocido: un mundo del que desconozco las reglas, del que no adivino qué vendrá después de cada paso. Y así las canciones se van abriendo poco a poco, mientras cierro los ojos y abro mis orejas. Cada una es una sorpresa, como digo no puedo adivinar cuál será el paso siguiente, cómo será la próxima canción. Y eso a veces asusta. Y a la vez lo hace más emocionante. Caminar siempre por el mismo sitio está bien: sentir la seguridad de caminar con los ojos cerrados sin tropezar, aspirar y sentir los mismos olores. Seguridad. Pero a fuerza de caminar por un mismo lugar, uno termina por dejar de sorprenderse de nada: sabes dónde está cada piedra y ya no tropezarás, al acercarte a un recodo ya no te llena la emoción por saber qué esconderá.

     Últimamente las canciones que se hacen dejan poco lugar a la imaginación. Y a mi parecer eso les quita gran parte de su magia, de lo que se puede llamar “arte”. Quizás sean mejores para bailar, y de hecho son el ingrediente perfecto cuando no quieres encontrarte contigo mismo. Pero están vacías. Sin embargo este disco tiene la perfecta combinación entre palabras y “silencio”. Muchas veces llamamos silencio a la ausencia de palaras, cuando en realidad debería ser la falta de sonido. Pero eso es imposible, no existe un lugar o un momento donde no haya un mínimo murmullo. O al menos yo lo desconozco. El silencio no existe. Por eso me voy a permitir llamar “silencio” a la ausencia de palabras. Pero es que hasta uno de esos “silencios” te puede estar hablando, transmitiéndote palabras mudas, un mensaje. Quizás eso sea lo que le falta a muchas de las canciones de ahora ¿no? Que cuando hablan dicen frases vacías, y cuando callan no transmiten más que ruido.

     Aquí no, aquí las palabras se enredan en tus sentidos, uno tiene que parar la canción para escucharlo una, dos, diez veces más. Para empaparte bien de lo que se dice, para imaginar qué significa. O al menos qué significó para el artista. O qué significó para ti cuando la escuchaste. O qué significa de verdad para mí. Y la verdad es que esa última parte es la más difícil, no te creas. Pero uno no se cansa de escucharlas y siempre de formas diferentes: se puede escuchar sólo las palabras, cómo se siguen las unas a las otras, sin fijarse siquiera en lo que significan. Se puede escuchar cómo esas palabras se adaptan perfectamente a la música que les acompaña, como hechas a medida. Se puede escuchar cómo se pronuncian esas palabras, una a una, y qué transmiten al decirse. Hay tantas y tantas formas de escucharlas…
 
     Y si uno se fija cada canción de este disco es muy distinta, pero a pesar de sus diferencias al juntarlas forman un todo inseparable. Algunas hacen reflexionar sobre la vida, sobre uno mismo. Otras te llevan a otros mundos, a vidas ajenas. Pero lo cierto es que todas están alejadas de esta palabrería que últimamente llena las radios, donde lo importante no es la calidad de la canción, sino la cantidad de discos que se venden. Y de vez en cuando hay “silencios”, una música que llena todo y se expande por la habitación, sin necesidad de rellenarlo con palabras. Y lo bueno es que esa música también te habla, sin palabras pero dice muchas cosas. Quizás sea más difícil de leer, o quizás no: a veces las palabras son engañosas y te dejas llevar por lo que ves o crees que significan. Con la música sólo hay que cerrar los ojos y dejarse llevar, y si uno no se distrae seguro que le lleva a algún lugar.

     El orden de las canciones… pues no sabría opinar. No hay un orden mejor, peor, correcto. Si a uno le dan 100 palabras, puede hacer con ellas miles de historias diferentes, que ni siquiera tengan que ver las unas con las otras. Con las canciones de un disco pasa lo mismo: las puedes colocar en el orden que quieras, y siempre estará bien. Eso sí, depende de cómo las coloques contarán una historia diferente, te transmitirán emociones diferentes. En este disco en concreto hay una onda que sube y baja: no hay una cadencia igual que haga parecer una canción igual a la anterior, ni tampoco hay un corte brusco que te haga abrir los ojos y volver abruptamente a la realidad. No, es un flujo perfecto, que te lleva de una canción a otra, de un sentimiento a otro, permitiendo una evolución en tus pensamientos, como al ir avanzando por una historia: cambian escenas y hay diferentes personajes, pero la historia sigue su curso, hasta llevarte al final.

     Mi ignorancia musical me hace no ser capaz de dar mi opinión sobre los discos más allá de un “me gusta” o “no me gusta”… Lo único que puedo hacer es intentar explicar un poco lo que me transmite, cómo me siento al escucharlo y qué me produce. Y aun así soy torpe explicando esas cosas. Podría decir quizás que ha sido como un soplo de aire fresco. Como cuando uno va deprisa por la vida, corriendo sin pararse a mirar alrededor, y de repente el mundo se para, todo va a cámara lenta, y uno puede detenerse a inspeccionar centímetro a centímetro la vida y lo que le rodea, no sólo echando un rápido vistazo, sino oliéndolo, acariciándolo y saboreándolo. En un mundo que cada vez gira más rápido, escuchar esto ha sido como hacer un “stop” y pararse a mirar las cosas importantes: no el reloj haciendo tic-tac en la mesilla, sino el ritmo al cuál suena tu corazón. Mirar dentro de uno mismo, preguntarse el cómo y el porqué de las cosas.

     Reconozco que me ha sorprendido, y además en el buen sentido. Hacer un disco, si se hace bien, muestra un poco del alma de quien lo ha hecho, o al menos así me gusta creerlo. Si uno lo hace bien, si le importa, nada está ahí por casualidad, todo está meticulosamente preparado: el número de las canciones, las canciones que se eligen, el orden en el que se ponen, lo que dicen, lo que dejan de decir… Porque como he dicho, todo eso hace que el resultado sea uno u otro, que se transmitan unas sensaciones u otras, que se cuente una u otra historia. Quizás en otros tiempos hubiese sabido qué esperar, es fácil, cuando se conoce a alguien, saber sobre qué tratará la historia que va a contar. Pero ahora ya no sé nada, no sé qué esperar, es un mundo desconocido. Y al entrever un pedacito de ese mundo, me ha gustado lo que he visto, y me alegro haber podido entrar en él, haber compartido ese pedacito de intimidad.
 
     En un mundo que no para de dar vueltas, a veces casi hasta marear, se ha creado un espacio donde me puedo refugiar: yo sola, conmigo misma y mis pensamientos, sin ruidos de sirenas y cláxones, sin objetos con los que tropezar o esquivar, sin olores penetrantes y faltos de espíritu, sin personas que me hagan reír o llorar. Sólo yo, con las notas y las palabras, con un remolino de sensaciones y sentimientos y, lo más importante, CONMIGO MISMA.

domingo, 9 de octubre de 2011

juégatela un poco, valiente...


    Siempre quise escribir poesía: poemas, canciones… No sé si porque está de moda, la típica historia del chico triste con su guitarra, de la chica conquistada por una canción de madrugada. Y si tengo que ser sincera, todo acababa siempre en desastre: rimas forzadas, versos que no cuadraban, canciones sin alma. Pero no, la verdad es que nunca he servido yo para estas cosas. Así que un día decidí simplemente escribir, lo que saliese, sin buscar rimas ni versos, sin buscar aplauso ni reconocimiento, simplemente dejando fluir las palabras. Y quizás sea eso, quizás deba simplemente escribir, y dejar que mis dedos se deslicen sobre las teclas del ordenador mientras me imagino en una antigua máquina de escribir, o que mi bolígrafo, que creo pluma, vuele sobre las hojas de papel.

    ¿Y por qué lo hago? La verdad es que nunca lo he sabido. Sólo sé que cada vez que  las palabras empiezan a salir, ya no puedo parar: al principio tímidamente, después a borbotones, todo lo que tengo es arrastrado hacia fuera. La tristeza, las heridas, la angustia, se van inflando poco a poco hasta que uno ya no puede más, y ese es el momento en que uno tiene dos opciones: llorar y sentirse un poco mejor durante un rato, o escribirlo todo, escupirlo en una hoja, para que se quede ahí y no vuelva, para poder mirarlo de nuevo cuando amenace con volver y sentir que todo está ahí, atrapado entre la tinta y el papel, arrinconado entre las curvas de las letras.

    Hace mucho que no escribo. Creo que un día la tristeza, las heridas y la angustia, fueron demasiadas. Ya no quedaban lágrimas, y era algo demasiado grande como para poder sacarlo fuera de golpe. Dicen que la mente es sabia, que siempre encuentra soluciones para lo peor. Yo no sé si la mía lo es, sólo sé que sí que encontró una solución, aunque no sé si llamarla inteligente: decidió un día bloquear todo lo que llevaba dentro. Así impidió que esa angustia siguiese creciendo hasta explotar y provocar algún desastre, pero también impidió poder sacarla fuera.

    Y así se acabaron también las palabras, sólo había un bloque dentro que no podía ser tocado, para bien o para mal. Rezumaba, eso sí, un poco de triste nostalgia, pero ya no dolía hasta morir.  Se lo podría llamar quizás autodefensa. A partir de entonces cada vez que cogía el bolígrafo para escribir algo, se frenaba justo antes de tocar el papel. Ya no había tristeza, ya no había alegría, tan sólo un bloque cuyo peso iba venciendo. Los días se sucedían unos a otros, y la costumbre hizo que fuera absurdo preguntarse por uno mismo, buscar qué pasaba en el interior. Simplemente había que vivir, el cómo y el porqué ya no importaban: había que levantarse, desayunar, estudiar, salir, volver a casa, dormir. Punto. Sin preguntas. Sin emociones.

    Y ahora, después de tanto tiempo, ese bloque ya no tiene sentido, es un peso muerto. Pero da miedo abrir la puerta que puede hacer salir todo. Es algo desconocido, que ha estado encerrado mucho tiempo. Pero si uno no decide nunca dar el paso y abrir esa puerta, ese peso seguirá cargando siempre.

    Hoy me he levantado y he decidido que a partir de ahora me voy a centrar en mí. Voy a dejar de mirar alrededor para ver qué dicen, qué piensan o qué quieren los otros. Me voy a levantar y voy a pararme a pensar en qué quiero yo, en si me gusta lo que hago y por qué lo hago. Pararse a pensar en los demás está bien, pero siempre y cuando no te hagan confundir lo que tú eres con lo que ellos quieren que seas. Creo que he vivido tanto tiempo intentando ser lo que otros quieren que sea, que ahora necesito mucho tiempo también para descubrir lo que realmente soy, para descubrirme otra vez. Y no seré tan buena como algunos piensan, pero desde luego tampoco tan mala como otros dicen. Seré simplemente yo, y a quien le guste está invitado, el resto mejor que se largue. Sí, hoy voy a empezar a abrir esa puerta para que el peso muerto sea cada vez más ligero. Seguro que será difícil a veces (otras no tanto), y que va a ser un largo camino. Pero al fin y al cabo uno no puede vivir sin saber quién es realmente y qué quiere, porque dejarse llevar sólo funciona a veces, pero no puede uno dejar que le zarandeen de un lado a otro toda la vida, por cómodo que sea seguir a la corriente.

    De hecho acabo de abrir esa puerta. Ya está. No hay vuelta atrás. Acabo de dejar de ser espectadora de mi propia vida. Ahora toca empezar a vivirla.