Desde hace tiempo pensaba que estaba envuelta en tinieblas, que
todo a mi alrededor estaba oscuro y no había remedio posible. Y de repente
llegas tú, como un rayo de luz, y ese destello repentino muestra ante mis ojos,
por un instante, todo lo que la oscuridad ocultaba: la alegría de sentirse
feliz sin saber bien por qué, la brisa en la cara, cerrar los ojos y dejar que
el sol caliente mi rostro, la sensación de una mano sujetando la mía, el placer
de dejarse llevar, compartir el sabor del pan de tus labios, el estremecimiento
que produce una caricia tuya sobre mi espalda.
Desde hace tiempo todo a mi alrededor eran tinieblas, y al llegar
tú hiciste que me diera cuenta que era mentira eso de que había caído en un
pozo sin fondo: simplemente alguien había apagado la luz y no había sabido
darme cuenta de que sólo necesitaba un poco de tiempo para acostumbrarme a ese
nuevo estado, para darme cuenta que tras la ceguera de esa oscuridad, de esa
nada, las formas poco a poco empezarían a vislumbrarse, primero como débiles
siluetas, más tarde como figuras más tangibles.
Desde hace tiempo pensaba que no había ante mí sino oscuridad y
vacío, pero llegaste con tu alegría, tu
frente ancha y tu mirada llena de franqueza, y rompiendo mis barreras, mis
miedos, mi ceguera, con un destello lo iluminaste todo: volvieron los colores,
los sueños, la tibieza de las cosas.
Quizás no seas más que un caminante pasajero, un extraño con el
que me cruzo en mitad de la noche, como aquel con quien cruzamos miradas en un
tren que pasa fugaz pero con el que nunca nos paramos a hablar. Quizás tu
destino no sea cogerme de la mano y acompañarme el resto del camino, quizás
sólo sea un trayecto fugaz. Quizás desde la primera vez que nos miramos ya
sabíamos que era un juego de encuentros y desencuentros, que los primeros besos
serían también los de la despedida.
Quizás nuestros caminos no vuelvan a cruzarse, y quizás sueñe
despierta contigo una de estas madrugadas, o quizás alguna fría noche te
preguntes que estaré haciendo ahora, si todavía te recuerdo. Quizás… Pero lo que sí es seguro es que ahora la oscuridad empieza a desvanecerse, se empiezan a apreciar formas, puedo vislumbrar ya los colores. Quizás nuestro recorrido juntos haya concluido, pero sé que siempre recordaré al ese caminante pasajero, ese extraño en mitad de la noche, que un día, de la mano, me arrastró de la mano fuera del agujero, de la oscuridad donde había caído.
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