domingo, 9 de octubre de 2011

juégatela un poco, valiente...


    Siempre quise escribir poesía: poemas, canciones… No sé si porque está de moda, la típica historia del chico triste con su guitarra, de la chica conquistada por una canción de madrugada. Y si tengo que ser sincera, todo acababa siempre en desastre: rimas forzadas, versos que no cuadraban, canciones sin alma. Pero no, la verdad es que nunca he servido yo para estas cosas. Así que un día decidí simplemente escribir, lo que saliese, sin buscar rimas ni versos, sin buscar aplauso ni reconocimiento, simplemente dejando fluir las palabras. Y quizás sea eso, quizás deba simplemente escribir, y dejar que mis dedos se deslicen sobre las teclas del ordenador mientras me imagino en una antigua máquina de escribir, o que mi bolígrafo, que creo pluma, vuele sobre las hojas de papel.

    ¿Y por qué lo hago? La verdad es que nunca lo he sabido. Sólo sé que cada vez que  las palabras empiezan a salir, ya no puedo parar: al principio tímidamente, después a borbotones, todo lo que tengo es arrastrado hacia fuera. La tristeza, las heridas, la angustia, se van inflando poco a poco hasta que uno ya no puede más, y ese es el momento en que uno tiene dos opciones: llorar y sentirse un poco mejor durante un rato, o escribirlo todo, escupirlo en una hoja, para que se quede ahí y no vuelva, para poder mirarlo de nuevo cuando amenace con volver y sentir que todo está ahí, atrapado entre la tinta y el papel, arrinconado entre las curvas de las letras.

    Hace mucho que no escribo. Creo que un día la tristeza, las heridas y la angustia, fueron demasiadas. Ya no quedaban lágrimas, y era algo demasiado grande como para poder sacarlo fuera de golpe. Dicen que la mente es sabia, que siempre encuentra soluciones para lo peor. Yo no sé si la mía lo es, sólo sé que sí que encontró una solución, aunque no sé si llamarla inteligente: decidió un día bloquear todo lo que llevaba dentro. Así impidió que esa angustia siguiese creciendo hasta explotar y provocar algún desastre, pero también impidió poder sacarla fuera.

    Y así se acabaron también las palabras, sólo había un bloque dentro que no podía ser tocado, para bien o para mal. Rezumaba, eso sí, un poco de triste nostalgia, pero ya no dolía hasta morir.  Se lo podría llamar quizás autodefensa. A partir de entonces cada vez que cogía el bolígrafo para escribir algo, se frenaba justo antes de tocar el papel. Ya no había tristeza, ya no había alegría, tan sólo un bloque cuyo peso iba venciendo. Los días se sucedían unos a otros, y la costumbre hizo que fuera absurdo preguntarse por uno mismo, buscar qué pasaba en el interior. Simplemente había que vivir, el cómo y el porqué ya no importaban: había que levantarse, desayunar, estudiar, salir, volver a casa, dormir. Punto. Sin preguntas. Sin emociones.

    Y ahora, después de tanto tiempo, ese bloque ya no tiene sentido, es un peso muerto. Pero da miedo abrir la puerta que puede hacer salir todo. Es algo desconocido, que ha estado encerrado mucho tiempo. Pero si uno no decide nunca dar el paso y abrir esa puerta, ese peso seguirá cargando siempre.

    Hoy me he levantado y he decidido que a partir de ahora me voy a centrar en mí. Voy a dejar de mirar alrededor para ver qué dicen, qué piensan o qué quieren los otros. Me voy a levantar y voy a pararme a pensar en qué quiero yo, en si me gusta lo que hago y por qué lo hago. Pararse a pensar en los demás está bien, pero siempre y cuando no te hagan confundir lo que tú eres con lo que ellos quieren que seas. Creo que he vivido tanto tiempo intentando ser lo que otros quieren que sea, que ahora necesito mucho tiempo también para descubrir lo que realmente soy, para descubrirme otra vez. Y no seré tan buena como algunos piensan, pero desde luego tampoco tan mala como otros dicen. Seré simplemente yo, y a quien le guste está invitado, el resto mejor que se largue. Sí, hoy voy a empezar a abrir esa puerta para que el peso muerto sea cada vez más ligero. Seguro que será difícil a veces (otras no tanto), y que va a ser un largo camino. Pero al fin y al cabo uno no puede vivir sin saber quién es realmente y qué quiere, porque dejarse llevar sólo funciona a veces, pero no puede uno dejar que le zarandeen de un lado a otro toda la vida, por cómodo que sea seguir a la corriente.

    De hecho acabo de abrir esa puerta. Ya está. No hay vuelta atrás. Acabo de dejar de ser espectadora de mi propia vida. Ahora toca empezar a vivirla.

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